SARAMAGO, LA MUERTE, LA OSCURIDAD
ARTÍCULO DE: Lorenzo de Ara Rodríguez
Nunca me gustó Saramago. El escritor, el pensador, el opinador. Ahora que está muerto y en la nada, no compraré alguna de las muchas novelas que escribió, y que afortunada
mente no he leído. ¡Ni leeré!
Una vez me atreví con “El Evangelio Según Jesucristo”. Al terminar la lectura, hice lo único que era menester ante tamaño bodrio: tirarlo a la basura. Era libre para hacerlo, y soy libre para recordarlo.
Saramago vivió confortablemente en un mundo que es misteriosamente injusto, seco, deshumanizado y de derechas. ¿Lo es?
Pero el premio Nobel vivió siempre confortable, acomodado, calentito. Atrás quedaron los años de laborioso trabajo en un Portugal microscópico. Lanzarote era el faro de mucho rojo algodonado.
Saramago se encontraba muy lejos de ese otro mundo metálico, gris, cargante y empíricamente feliz que añoraba, y para el cual trabajaba. Por lo menos físicamente. Ahora los socialistas de la moda están llenando páginas muy hermosas. El abstraccionismo hace maravillas en las palabras grasientas.
Lamento la pérdida de una vida. Pero lo que no lamento es que, afortunadamente, ese mundo raquítico y huérfano de inteligencia esté acercándose al abismo.
Algún día, el invento ideológico más atroz de la humanidad yacerá deshuesado en la memoria colectiva.
La muerte es digna cuando se pierde el miedo. La muerte de Saramago ha sido digna y merece el mayor de los respetos.
Pero el respeto al hombre no debe confundirse con el respeto a unos ideales envenenados. El apoyo al castrismo, por ejemplo, no es merecedor siquiera de una mirada crítica. Su leninismo es asimismo criticable y condenable.
En blanco y negro la Europa embrutecida quemaba libros. En esta Europa empequeñecida y diezmada por la soberbia económica, algunos, entre ellos Saramago, aspiraban y aspiran a rescatar del averno las manos de los obreros que querían un mundo pobre, pero igual; ateo, orweliano, sin alma.
Quería el portugués que Portugal y España se unieran. Nacería así Iberia. Más rica, más poblada. Y esa idea me gustó, es factible. Una península definitivamente unida en la adversidad y en el progreso.
Después de muerto, su obra literaria seguirá postrada en la oscuridad que mantengo sobre las cosas sin valor. Su dignidad será siempre respetada. Mi libertad era la suya para pensar lo que pensaba.
ARTÍCULO DE: Lorenzo de Ara Rodríguez
Nunca me gustó Saramago. El escritor, el pensador, el opinador. Ahora que está muerto y en la nada, no compraré alguna de las muchas novelas que escribió, y que afortunada
mente no he leído. ¡Ni leeré!Una vez me atreví con “El Evangelio Según Jesucristo”. Al terminar la lectura, hice lo único que era menester ante tamaño bodrio: tirarlo a la basura. Era libre para hacerlo, y soy libre para recordarlo.
Saramago vivió confortablemente en un mundo que es misteriosamente injusto, seco, deshumanizado y de derechas. ¿Lo es?
Pero el premio Nobel vivió siempre confortable, acomodado, calentito. Atrás quedaron los años de laborioso trabajo en un Portugal microscópico. Lanzarote era el faro de mucho rojo algodonado.
Saramago se encontraba muy lejos de ese otro mundo metálico, gris, cargante y empíricamente feliz que añoraba, y para el cual trabajaba. Por lo menos físicamente. Ahora los socialistas de la moda están llenando páginas muy hermosas. El abstraccionismo hace maravillas en las palabras grasientas.
Lamento la pérdida de una vida. Pero lo que no lamento es que, afortunadamente, ese mundo raquítico y huérfano de inteligencia esté acercándose al abismo.
Algún día, el invento ideológico más atroz de la humanidad yacerá deshuesado en la memoria colectiva.
La muerte es digna cuando se pierde el miedo. La muerte de Saramago ha sido digna y merece el mayor de los respetos.
Pero el respeto al hombre no debe confundirse con el respeto a unos ideales envenenados. El apoyo al castrismo, por ejemplo, no es merecedor siquiera de una mirada crítica. Su leninismo es asimismo criticable y condenable.
En blanco y negro la Europa embrutecida quemaba libros. En esta Europa empequeñecida y diezmada por la soberbia económica, algunos, entre ellos Saramago, aspiraban y aspiran a rescatar del averno las manos de los obreros que querían un mundo pobre, pero igual; ateo, orweliano, sin alma.
Quería el portugués que Portugal y España se unieran. Nacería así Iberia. Más rica, más poblada. Y esa idea me gustó, es factible. Una península definitivamente unida en la adversidad y en el progreso.
Después de muerto, su obra literaria seguirá postrada en la oscuridad que mantengo sobre las cosas sin valor. Su dignidad será siempre respetada. Mi libertad era la suya para pensar lo que pensaba.

No hay comentarios:
Publicar un comentario