IGUALES
ARTÍCULO DE: Lorenzo de Ara Rodríguez
Yosef Bar Kojva se parece tanto a Albert Einstein, que en su derecho a decir majaderías, asegura que es el
hijo del celebérrimo científico. Y la verdad es que el parecido acojona. Son dos gotas de agua. Se parecen, de eso no cabe duda. Pero no se parecen por tener orejas, ojos y bigoteS iguales; no, en realidad se parecen porque el paquete es idéntico. El gran paquete, quiero decir; o sea, el que va desde la coronilla hasta la barbilla.
Los parecidos pueden enfermar a las personas. Muchos hombres, seguro, se parecen un poco o un mucho a los antiguos galanes del cine en blanco y negro. También a los rufianes de hoy en día. Los imagino paseando por la Gran Vía, seduciendo, acaparando miradas.
Creo que no hay una persona en este puñetero mundo que no se parezca a otra. Tenemos nuestro doble, aseguran. Un pigmeo se parece a un afroamericano del sur de los Estados Unidos. Un esquimal a un murciano. Un siberiano a un mexicano de Puebla. Y en general, nosotros nos parecemos a los colibríes. Y los arañas a los políticos. Las abejas a los payasos. Los tiburones blancos a los republicanos vociferantes. Los ornitorrincos a los falangistas. Los jueces a las luciérnagas. La Casa Real, entera, a los seres mitológicos. Messi se parece a un albatros.
Un buen amigo siempre me susurra que me parezco a A.T.G. También asegura que no ha nacido ese tal A.T.G. Y eso no me hace más libre que ustedes. Simplemente me convierte en un proyecto de hombre, en un proyecto de mujer, en un proyecto de votante, en un proyecto, espero, de ávido lector. Poco más. Pero en realidad yo me parezco a mi padre.
ARTÍCULO DE: Lorenzo de Ara Rodríguez
Yosef Bar Kojva se parece tanto a Albert Einstein, que en su derecho a decir majaderías, asegura que es el
hijo del celebérrimo científico. Y la verdad es que el parecido acojona. Son dos gotas de agua. Se parecen, de eso no cabe duda. Pero no se parecen por tener orejas, ojos y bigoteS iguales; no, en realidad se parecen porque el paquete es idéntico. El gran paquete, quiero decir; o sea, el que va desde la coronilla hasta la barbilla.Los parecidos pueden enfermar a las personas. Muchos hombres, seguro, se parecen un poco o un mucho a los antiguos galanes del cine en blanco y negro. También a los rufianes de hoy en día. Los imagino paseando por la Gran Vía, seduciendo, acaparando miradas.
Creo que no hay una persona en este puñetero mundo que no se parezca a otra. Tenemos nuestro doble, aseguran. Un pigmeo se parece a un afroamericano del sur de los Estados Unidos. Un esquimal a un murciano. Un siberiano a un mexicano de Puebla. Y en general, nosotros nos parecemos a los colibríes. Y los arañas a los políticos. Las abejas a los payasos. Los tiburones blancos a los republicanos vociferantes. Los ornitorrincos a los falangistas. Los jueces a las luciérnagas. La Casa Real, entera, a los seres mitológicos. Messi se parece a un albatros.
Un buen amigo siempre me susurra que me parezco a A.T.G. También asegura que no ha nacido ese tal A.T.G. Y eso no me hace más libre que ustedes. Simplemente me convierte en un proyecto de hombre, en un proyecto de mujer, en un proyecto de votante, en un proyecto, espero, de ávido lector. Poco más. Pero en realidad yo me parezco a mi padre.

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