AÑORANDO MADRID
ARTÍCULO DE: Lorenzo de Ara Rodríguez
En 1980, en el verano de aquel año, algunas calles de Madrid me servían para defecar. Era pobre, muy pobre. Joven y pobre. O sea, era libre. No sabía qué coño hacía en una ci
udad tan grande, tan llena de gente, tan angustiada por el lastimoso presente. Llevaba papeles sin valor en una carpeta. Historias y más historias. A veces el agua se convertía en enemiga. El hambre se hizo compañera, igual que la suciedad, que los animales más variopintos y alguna que otra putilla. Madrid se agrandaba cuando en la madrugada buscaba el fresquito de un rincón solitario.
He vuelto a Madrid muchas veces. Con algo más de dinero y con algo más de confort. Me siento en los mismos sitios y paseo por las mismas calles. Leo el ABC, El País, pido prestado La Razón y La Vanguardia. Compro libros viejos en esas pequeñas librerías.
Quería este verano regresar a la capital. A mi capital. Claro, es que soy español y para un servidor, Madrid es la capital. Las otras capitales son cuentos chinos. Pero no podré cumplir mi deseo. No hay perras, ni tiempo. Y no quiero ir solo. Esta vez no. Quería enseñar Madrid. Por lo menos el Madrid que conozco. Comer, beber, leer, ver cine, teatro, musicales, plazas, parques, calles, edificios, gentes.
Me quedo con las ganas de pisar Madrid este año. Sé que está ahí. Aunque Madrid es la única ciudad del mundo que se mueve con las personas que la habitan. Madrid es la compañía perfecta para los hombres condenados a buscar la memoria. Proust se sentiría incómodo en Madrid.
En 1980, con el hambre en las manos, un hombre como yo, que luego se convertiría en un amigo certero y directo, me llevó a su casa para que bebiera leche y masticara un bocadillo de mortadela y queso. En aquella casa, con el bocadillo en la mano, con el vaso de leche fría, después de lavarme y con una televisión encendida, la ciudad se hacía menuda, tierna, amigable. El hombre, hoy amigo, puso las llaves en la mesa y susurró: “Esta es tu casa”.
Él tiene las llaves de la mía.
Esa persona -qué locura- era la imagen más cercana que tenía de un hombre de mar: Farragut y Ned Land se reflejaban en él. Por eso Madrid no ha necesitado de la playa para ser una ciudad oceánica.
ARTÍCULO DE: Lorenzo de Ara Rodríguez
En 1980, en el verano de aquel año, algunas calles de Madrid me servían para defecar. Era pobre, muy pobre. Joven y pobre. O sea, era libre. No sabía qué coño hacía en una ci
udad tan grande, tan llena de gente, tan angustiada por el lastimoso presente. Llevaba papeles sin valor en una carpeta. Historias y más historias. A veces el agua se convertía en enemiga. El hambre se hizo compañera, igual que la suciedad, que los animales más variopintos y alguna que otra putilla. Madrid se agrandaba cuando en la madrugada buscaba el fresquito de un rincón solitario.He vuelto a Madrid muchas veces. Con algo más de dinero y con algo más de confort. Me siento en los mismos sitios y paseo por las mismas calles. Leo el ABC, El País, pido prestado La Razón y La Vanguardia. Compro libros viejos en esas pequeñas librerías.
Quería este verano regresar a la capital. A mi capital. Claro, es que soy español y para un servidor, Madrid es la capital. Las otras capitales son cuentos chinos. Pero no podré cumplir mi deseo. No hay perras, ni tiempo. Y no quiero ir solo. Esta vez no. Quería enseñar Madrid. Por lo menos el Madrid que conozco. Comer, beber, leer, ver cine, teatro, musicales, plazas, parques, calles, edificios, gentes.
Me quedo con las ganas de pisar Madrid este año. Sé que está ahí. Aunque Madrid es la única ciudad del mundo que se mueve con las personas que la habitan. Madrid es la compañía perfecta para los hombres condenados a buscar la memoria. Proust se sentiría incómodo en Madrid.
En 1980, con el hambre en las manos, un hombre como yo, que luego se convertiría en un amigo certero y directo, me llevó a su casa para que bebiera leche y masticara un bocadillo de mortadela y queso. En aquella casa, con el bocadillo en la mano, con el vaso de leche fría, después de lavarme y con una televisión encendida, la ciudad se hacía menuda, tierna, amigable. El hombre, hoy amigo, puso las llaves en la mesa y susurró: “Esta es tu casa”.
Él tiene las llaves de la mía.
Esa persona -qué locura- era la imagen más cercana que tenía de un hombre de mar: Farragut y Ned Land se reflejaban en él. Por eso Madrid no ha necesitado de la playa para ser una ciudad oceánica.

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