ENTOPLASMA
ARTÍCULO DE: Lorenzo de Ara Rodríguez
Pues yo me aburro igual. Cuando pienso que no me aburro pienso que en realidad estoy soñando. No sueño para ser libre. A mí los sueños me encarcelan en un mundo q
ue no quiero ni ambiciono. Me gusta más la realidad atormentada, o esa otra realidad engolosinada en las manos de los pedigüeños.
Pero me aburro vertiginosamente. Ni siquiera aceptando que todos somos insurrectos como los soldados del Potemkin (se lo saco a Santiago González en El Mundo), ni siquiera así dejó atrás esta carga hedionda. Porque el aburrimiento huele fatal, ¿verdad?
Hay momentos en el día en los que el aburrimiento parece una prolongación de Brobdingnag. Sin control ni piedad, así se mueve por la cabeza del sencillo rampante. Un servidor. Ni siquiera leyendo o escuchando música. Poco a poco el tedio se come la felicidad, ¿qué digo felicidad?; se come las ganas de ser feliz, que es mucho más importante.
Y si tengo que esperar más de una hora por un tipo que las urnas convierten en importante, el aburrimiento se desliza con agilidad por la pendiente que conduce a la planicie de la desdicha. Sentadito, de pie, caminando, correteando, “haciendo tiempo”, perdiendo los asaltos con el reloj, escuchando majaderías, protagonizando silencios, ausencias. Pero la hora, más de una hora, se hace infinita, como el anhelo de ser felices y navegar hacia el flujo.
Una chispa de algo que todavía no sé qué es, convierte momentáneamente el aburrimiento es poca cosa. Leo que el feto, todavía en el vientre materno, ya sueña y recuerda y aprende. Recuerda sonidos, olores, caricias, palabras. Y sueña con la felicidad, en esa etapa de la vida perfectamente tangible. Luego sale, se escapa, no, en realidad se retrotrae.
ARTÍCULO DE: Lorenzo de Ara Rodríguez
Pues yo me aburro igual. Cuando pienso que no me aburro pienso que en realidad estoy soñando. No sueño para ser libre. A mí los sueños me encarcelan en un mundo q
ue no quiero ni ambiciono. Me gusta más la realidad atormentada, o esa otra realidad engolosinada en las manos de los pedigüeños.Pero me aburro vertiginosamente. Ni siquiera aceptando que todos somos insurrectos como los soldados del Potemkin (se lo saco a Santiago González en El Mundo), ni siquiera así dejó atrás esta carga hedionda. Porque el aburrimiento huele fatal, ¿verdad?
Hay momentos en el día en los que el aburrimiento parece una prolongación de Brobdingnag. Sin control ni piedad, así se mueve por la cabeza del sencillo rampante. Un servidor. Ni siquiera leyendo o escuchando música. Poco a poco el tedio se come la felicidad, ¿qué digo felicidad?; se come las ganas de ser feliz, que es mucho más importante.
Y si tengo que esperar más de una hora por un tipo que las urnas convierten en importante, el aburrimiento se desliza con agilidad por la pendiente que conduce a la planicie de la desdicha. Sentadito, de pie, caminando, correteando, “haciendo tiempo”, perdiendo los asaltos con el reloj, escuchando majaderías, protagonizando silencios, ausencias. Pero la hora, más de una hora, se hace infinita, como el anhelo de ser felices y navegar hacia el flujo.
Una chispa de algo que todavía no sé qué es, convierte momentáneamente el aburrimiento es poca cosa. Leo que el feto, todavía en el vientre materno, ya sueña y recuerda y aprende. Recuerda sonidos, olores, caricias, palabras. Y sueña con la felicidad, en esa etapa de la vida perfectamente tangible. Luego sale, se escapa, no, en realidad se retrotrae.

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