viernes, 20 de agosto de 2010

ART. DE UN PORTUENSE,

EL EXTASIS DE LOS SUEÑOS DE AMOR

ARTÍCULO DE: Celestino González Herreros

Apenas corría un poco de aire en el ambiente, la noche, a pesar de tener las ventanas abiertas, era insoportable. Tumbado sobre la cama, pensando en ella me fui adormeciendo y al rato, mis sentidos fueron entregándose a los brazos de Morfeo resignadamente, aunque hubiera calor, que los cuerpos se rinden.
La blanda y mullida almohada dando apoyo a mis atormentadas sienes, también brindaban la oportunidad de acomodarme bien y a mi subconsciente, de modo que pudiera navegar a través del reconfortable sueño que estaba disfrutando, reparando con ello esas fuerzas invisibles que nos hacen, al despertar, sentirnos mejor.
Como suele ocurrir, ella apareció en escena. Estaba radiante, ligera de ropas y siempre sonriente; luego iba borrándose su silueta, se difuminaba al tiempo que se alejaba, como una pequeña nube empujada por la suave brisa del momento. Se eclipsaba ante mis ojos y mientras se alejaba yo corría en su busca sin poder alcanzarla.
Así deambulé por los oníricos lugares de aquel viejo pueblo que antaño me vio nacer y donde la conocí a ella. Lugar encantado donde tantas leyendas de amor atesoramos y a la orilla, junto al mar, acariciamos tantos sueños de amor.
Aquellos juegos de adolescentes son como una quimera del pasado y los sueños, a pesar de los años, son como aquellos sueños de antaño cuyos gratos despertares lo llenaban todo de felicidad, eran tan reales como la vida misma, a veces no entendía si soñaba o estaba despierto, ella siempre estaba a mi lado devolviéndome mis caricias…
Y, hoy es curioso, muchas veces, en esos momentos no recuerdo ciertamente qué hubo entre nosotros. Veo proyectada aquella época de nuestras vidas medio confuso. Ella, aunque vuelva aparecer se diluye en el sueño. Se acerca a mí, se aleja y luego desaparece. Tal vez sea otra quien me estuviera llamando; y al tiempo que me sonríe con mirada fija e hiriente, algo misteriosamente me recrimina con una mueca sarcástica, dibujando su pálido rostro una mueca diabólica y severa. Como si no aprobara mí aturdida presencia; y otra vez se va… pero vuelve aparecer insistentemente, como una fatídica pesadilla turbando la paz del sueño.

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