sábado, 17 de julio de 2010

ART. DE UN PORTUENSE,

NO HAY GARANTÍAS POSIBLES SI NO ES LA SALVACIÓN DEL ALMA

ARTÍCULO DE: Celestino González Herreros


Surge a veces la duda. Después de todo, ¿qué habremos cosechado de la vida? ¿Cuáles garantías conservamos y qué nos queda luego? La vida se nos va como el humo aprisionado entre nuestras manos. Es como si no hubiera garantías cuando nos traen al mundo. Llegamos ligeros de ropas, mejor dicho, desnudos, como nuestro salvador llegó al mundo. Nosotros, sin ideas, casi sin fuerzas, sólo el instinto natural de la subsistencia y hallar el alimento del pecho materno, de la autora de la gran evolución gestante, desde la concepción natural, luego la germinación y la solemne ceremonia del nacimiento. De la llegada al mundo donde vivimos, el de los luchadores, mundo también de los soñadores. Al de los románticos, poetas que cantaron las más bellas estrofas dedicadas a esa vida y al amor que toda ella representa. ¡Porque, es tan bella la vida!
Sólo que, la única garantía que nos ofrece es tan frágil, sutil y reservada, que cualquier estrategia decisiva, es capaz de que nos la puedan cambiar, enturbiarla, quitárnosla… Hacérnosla más insoportable.
Hemos visto y sufrido tantas pérdidas, de familiares, amigos y conocidos. Hemos sufrido tanto, que ya, casi de hablar tanto sobre este tema, se hace insoportable seguir tratándolo, pero algo hay que decir… Hay que darle gracias a Dios por que estemos aquí, pisando la tierra, sintiendo esa sensitiva caricia desde la planta de los pies, oyendo el murmullo de la brisa y cuando llueve, cómo golpean las transparentes gotas del agua contra los cristales de nuestra ventana y las ventanas de allá, enfrente nuestro. Cómo los pájaros vuelan y sus trinos nos adormecen y cómo juegan de rama en rama. Al ver cómo el agua corre por los barrancos y el dulce canto de sus corrientes, mensajeras de vida y muerte, e impulsoras, que en algún momento se detienen sin saber quién las ha obligado a interrumpir sus fuerzas antes de llegar al mar.
Para nosotros, los viejos, vivir ha sido una experiencia larguísima, sin embargo nos quejamos, pues quisiéramos vivir otro tanto más, poder ver y saber qué va a ser de tantos seres queridos, de los hijos, de los nietos y bisnietos. Pero la vida se nos detiene como el agua de los barrancos, de súbito, y aquellos deseos serán materializados en otras vidas y en otras épocas, no por nosotros.
Poder seguir luchando, aunque con las escasas fuerzas que nos queden, por el bien común, limando las asperezas del camino, sacudiendo las pesadas alfombras por donde haya que pasar. Poder rogarle a Dios por la felicidad de ellos. Pero todo ha de suceder con las pausas sublimadas del destino de cada cual. El tiempo de las divinas providencias. Como las aves vuelan libremente, como los vientos, como las lluvias. Los sueños a veces se desatan, también; y los pensamientos vuelan y se elevan buscando en el infinito nuevos caminos y lugares seguros donde asegurar nuestro descanso.

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